domingo, 16 de marzo de 2008

Desde chiquita que flasheaba...

Qué cuento malo, pero me cagué de la risa leyéndolo... Lo escribí a los trece o catorce, creo...
Como decididamente este coso no puede ni va a ser confesionario público, lo voy a convertir en panel de corcho cibernético para colgar todas las estupideces que fui acumulando.
(Ah, por cierto, nunca tuve un panel de corcho en mi cuarto... qué triste)

LA VENGANZA DEL RELOJ

Me acuerdo todavía… Aunque muchas cosas están confusas dentro de mi cabeza, en los breves lapsos que los sedantes no enturbian mi mente, me acuerdo de cómo terminé acá, encerrado entre cuatro paredes blancas y acolchonadas, sin la más mínima posibilidad de movimiento.
Sí, sí, era un reloj de arena, viejo, gastado, cansado del tiempo infinito. De bronce y de cristal, yo a veces miraba adentro y me imaginaba que estaba en medio de una tormenta del desierto.
Casi podía ver dentro los latigazos de las telas azules, de las hojas de palmera; podía por poco sentir el polvo que cegaba mis ojos y llenaba mis pulmones. Es tan agobiante el desierto… y tan solitario…
Había estado sobre esa repisa desde antes de lo que puedo recordar. Tuvo su momento de gloria, según me dijo mi abuelo hace ya muchísimos años, cuando los relojes eran algo muy caro y reservado a los adultos, y los chicos tenían que recurrir a esa vieja máquina de tiempo para medir la extensión de sus juegos. En ese entonces, la vieja casona de calle Balcarce estaba llena de gente, de risas, de jóvenes muchachas y muchachos, y de criadas que le daban brillo a las columnas de bronce del reloj.
Pero las cosas fueron cambiando. Los matrimonios, las muertes y la pobreza fueron vaciando la casa. Hasta que quedé yo solo. Ya no había criadas para pulir las columnas de bronce, ni niños para darle vida al cúmulo de arena. El cristal se opacó con el polvo y la suciedad. Se volvió viejo, viejo y cansado, contagiando a toda la casa de un sopor atemporal. De alguna forma lo entiendo, porque yo también me sentía así. Tendría que haber presentido lo que iba a pasar pero, a diferencia de él, yo estaba acostumbrado a la soledad y al ocio.
No sé si lo hizo por cambiar un poco las cosas, por ser original, o simplemente porque después de tantos años ya había olvidado cuál era su tarea.
Fue una de las tantas tardes en que los camiones se plantaron delante del portón de la casa con la orden de embargar cierta cantidad de muebles y objetos de valor. Nunca me importó demasiado… después de todo, siempre pude vivir con poco. Pero en esa ocasión también vino un chico, un mocoso insolente que seguramente era hijo del dueño del flete, y se dedicó a inspeccionar cada rincón de la casa mientras los últimos muebles coloniales salían por la perta.
Dio vuelta el reloj. Después de tanto tiempo, la arena volvía a formar remolinos dentro de su jaula de vidrio. Estoy seguro de haber escuchado una risita aguda y metálica, como avisándome con sorna lo que iba a hacer.
Grité y grité, pero ya era demasiado tarde: el reloj se había dado vuelta y con él, todo: los muebles, las tazas de porcelana china, los cubiertos de plata, todo caía sin remedio al techo; los sillones de terciopelo caían y se perdían en el cielo. Yo vi a los hombres del camión caer y caer hasta perderse, seguramente murieron al llegar al sol o al chocar con la luna, quién sabe.
Yo tuve mejor suerte: como estaba dentro de la casa, caí en el techo. Sin embargo, la falta de mantenimiento había hecho que un lado del cielo raso se ladeara, formando una pendiente que me hizo rodar hasta afuera. Cerré los ojos para enfrentar el vértigo que me daba caer hacia el infinito. Pero mis pulmones parecían tener vida propia: no pude dejar de gritar… siempre le tuve miedo a las alturas.
Cuando finalmente me calmé y abrí los ojos, estaba en este lugar… seguramente es una nave espacial que me rescató, a juzgar por lo extraño de este cuarto donde estoy.
Evidentemente estoy sentado en el techo pero como al igual que las paredes es acolchado y blanco, no he tenido ningún problema.
No sé por qué los astronautas se empeñan en mantenerme con vida, sé que voy a morir pronto… pero al menos me alegra que sea porque ya estoy viejo y cansado y no por la venganza de un reloj.

1 comentario:

Anónimo dijo...

hola, volví no se como terminé aca de nuevo, me gustó el cuento, yo tampoco tuve una pizarra de corcho, creo q ahora si se quedaria bien q tenga una para anotarme todo, por cierto todavía le seguis poniendo cara d orto a los aliens de 8 y 50 (ahora en 51), yo si, los odio! hace poco entable una pseudo amistad con una persona de esa especie, y confirme algo q siempre supe estan muy lokos, deben copular entre ellos y se deprimen juntos, en grupo es como hacer terapia "q hiciste hoy gotichica?", "hoy intente cortarme las venas porq no entiendo a la humanidad".... me parece q esas "cosas" (los aliens) son mas deprimentes q no tener la pizarra de corcho! animos! postea cosas mas personales o llena tu perfil asi te conocen mas, otra vez muy bueno el cuento seguro ya escribiste mejores. Saludos y abrazos.